El día que me gané la beca para estudiar fuera, mi hermano mayor —que siempre había sido un pan de Dios— de la nada se puso bien pesado. Me aventó un fajo de billetes en la cara, me cantó que ya no quería saber nada de mí y me corrió de la casa para quedarse él solo con la propiedad de mis papás. Cinco años después, regresé como director de un corporativo fregoncísimo, con la idea firme de ajustar cuentas y recuperar lo que era justo. Pero en cuanto puse un pie en la vieja casa, me enteré de algo que me dejó desecho...