**CAPÍTULO I EL CAMINO DEL DESFILADERO DE LA CONFIANZA**
El viento aullaba entre las montañas de la Sierra Madre como si conociera mi nombre. Golpeaba el metal retorcido del SUV y se colaba por los cristales rotos del parabrisas, trayendo consigo polvo rojo y un olor agrio, casi eléctrico. El coche colgaba al borde del desfiladero, inclinado en un ángulo imposible, sostenido apenas por una roca y la gravedad caprichosa.
Abajo, el valle de Chihuahua se extendía seco, infinito, indiferente.
Yo no debería seguir respirando.
—No te muevas… —susurré, sin saber si hablaba conmigo o con el miedo.
Mi cabeza latía. La sangre resbalaba por mi frente, tibia, mezclándose con la tierra. Intenté girar el rostro y entonces la escuché.
—Cumple la misión.
La voz de Lucía atravesó el ruido del viento con una claridad insoportable. No gritó. No lloró. No sonó asustada. Fue una frase corta, precisa, dicha con la frialdad de alguien que revisa una lista.
—¿Lucía? —murmuré—. El freno… no respondió…
Ella apareció a mi lado, sujetándose a la puerta deformada. Su rostro estaba pálido, los ojos muy abiertos, pero algo no encajaba. No había temblor en sus manos. No había urgencia en su respiración.
—Tranquila —dijo—. Ya vienen. Todo va a estar bien.
Mentía. Lo supe en ese instante.
El mundo se me nubló. Las imágenes se superpusieron: años de amistad en Guadalajara, risas en la universidad, copas de tequila después de largas juntas, su mano apretando la mía cuando acepté el puesto de directora financiera del Grupo Álvarez.
Y ahora esto.
Cuando estaba a punto de perder el sentido, sentí otra mano. Firme. Conocida. Diego.
No dijo nada. No podía. Pero sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca con una presión mínima, calculada. Sus ojos, oscuros, clavados en los míos, transmitieron una sola orden silenciosa:
Hazte la muerta.
Quise negarme. Quise gritar. Pero el instinto fue más rápido. Aflojé el cuerpo, dejé que el peso cayera sobre el cinturón de seguridad. Cerré los ojos.
Las sirenas llegaron minutos después, distorsionadas por el eco de las montañas. Voces, pasos, órdenes.
—¡Aquí hay una mujer atrapada!
—¡Otra está inconsciente!
Lucía cayó de rodillas junto a mí.
—¡No, por favor! —sollozó—. ¡Es mi mejor amiga!
Sus lágrimas eran perfectas. Su actuación, impecable.
Pero cuando tomó mi mano, lo sentí.
Fría. Segura. Sin rastro de miedo.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Ella quería que yo no despertara.
**CAPÍTULO II MÁSCARAS BAJO EL DÍA DE MUERTOS**
Mi muerte fue oficial tres días después.
“Fallece ejecutiva del Grupo Álvarez en accidente carretero”, tituló un periódico local. Una foto borrosa, una breve semblanza profesional, palabras vacías. Nadie cuestionó nada. En México, los accidentes en carreteras de montaña no sorprenden a nadie.
Yo observaba el artículo desde una habitación pequeña, en una casa colonial a las afueras de San Miguel de Allende.
—Legalmente, ya no existes —dijo Diego, dejando el periódico sobre la mesa—. Y eso nos da tiempo.
—¿Tiempo para qué? —pregunté.
—Para entender por qué Lucía quería verte muerta.
Viví semanas como un fantasma. Gorra, lentes, silencio. El pueblo estaba lleno de colores: fachadas amarillas, rosas intensos, azules imposibles. Pero yo me sentía en blanco y negro.
Revisamos documentos, respaldos, discos duros que Diego había sacado de la oficina antes del “funeral”. Cada archivo era una grieta en la imagen que tenía de mi amiga.
—Mira esto —dijo él una noche—. Transferencias trianguladas. Empresas fantasma en Monterrey.
—Lucía manejaba esos proyectos sociales… —respondí, incrédula.
—No eran proyectos sociales —me corrigió—. Eran reuniones con fondos privados. Estaban vaciando la empresa desde dentro.
El golpe final llegó cuando escuché una grabación. Era la voz de Lucía, clara, decidida.
—Si ella no coopera, habrá que cerrar el asunto. El accidente es la opción más limpia.
Apagué el audio. Me quedé mirando la pared, sin parpadear.
—Confié en ella —susurré—. Le di acceso a todo.
Diego se sentó a mi lado.
—Las traiciones más peligrosas siempre vienen de quienes conocen tus puntos débiles.
El plan se formó lentamente. Esperar. Reunir pruebas. Y aparecer cuando más doliera.
La oportunidad llegó con el Día de Muertos en Ciudad de México. Lucía planeaba anunciar públicamente la “venta estratégica” del grupo, presentándose como la salvadora.
La noche del desfile, la ciudad vibraba. Catrinas gigantes, velas, música. Miles de personas celebrando a los que ya no están.
Yo caminaba entre la multitud, sin máscara.
—¿Estás lista? —preguntó Diego por el auricular.
—Nunca se está lista para volver de entre los muertos —respondí—. Pero sí. Vamos.
**CAPÍTULO III DESPUÉS DE LA MUERTE, LA VERDAD**
Lucía subió al escenario con una sonrisa triunfal.
—Hoy —dijo al micrófono— comienza una nueva etapa para el Grupo Álvarez…
Entonces di un paso al frente.
Al principio nadie reaccionó. Luego, un murmullo. Después, silencio.
Lucía me vio.
Su rostro perdió el color. Su discurso se quebró.
—Esto… esto es una broma —balbuceó—. Tú estás…
—Muerta —completé—. Eso creíste.
Las cámaras giraron hacia mí. Los periodistas se miraban entre sí, confundidos, excitados.
—¿Cómo es posible? —preguntó alguien.
Diego apareció a mi lado y entregó los documentos.
—Aquí están las pruebas —dijo—. Fraude, manipulación de cuentas, intento de encubrimiento.
Lucía retrocedió un paso.
—Tú no entiendes —me dijo, desesperada—. Todo esto era para sobrevivir. El poder no perdona a los débiles.
—No —respondí—. Tú no perdonas a los que confían.
Las autoridades se acercaron. No hubo escándalo. No hubo gritos. Solo el sonido constante de los tambores del desfile, marcando el ritmo de algo que terminaba.
Lucía fue escoltada fuera del escenario. Antes de desaparecer, me miró una última vez.
—Siempre fuiste demasiado blanda —susurró.
Sonreí con tristeza.
—Y tú olvidaste algo —le respondí—. Los muertos también hablan.
Meses después, el grupo fue reestructurado. Yo rechacé volver.
Una tarde, desde el balcón de nuestro departamento, observé la ciudad.
—¿Te arrepientes? —preguntó Diego.
—No —dije, apoyando la cabeza en su hombro—. Morir me enseñó a vivir mejor.
El viento sopló suave.
Ya no dolía.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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