Capítulo 1 – Diez minutos bajo el sol de la ciudad
El sol de la Ciudad de México caía sin piedad sobre el edificio de los juzgados familiares. A través de los ventanales, la luz rebotaba en el mármol y se filtraba como cuchillas invisibles. Yo estaba sentada en una silla dura, con las manos cruzadas sobre el bolso, intentando no pensar en el calor ni en el sudor que me recorría la espalda.
—Tenemos prisa —dijo el abogado de él, mirando el reloj por cuarta vez en menos de un minuto—. El señor tiene una reunión importante.
Él ni siquiera me miraba. Estaba de pie, con los brazos cruzados, impecable en su traje gris claro. Alejandro Ruiz siempre había sido así: controlado, elegante, distante. Cinco años de matrimonio y aún parecía un desconocido.
—Diez minutos —dijo por fin, en un español perfectamente neutro, sin rastro de emoción—. Eso es lo que tienes para recoger tus cosas.
Sentí que el aire me faltaba.
—¿Diez minutos… para toda una vida? —pregunté, más para mí que para él.
—No dramatices —respondió, con una sonrisa mínima—. Solo llévate lo que sea tuyo.
Firmamos. El sonido del bolígrafo sobre el papel fue seco, definitivo. Cuando levanté la vista, ya estaba de nuevo mirando el teléfono.
La casa, que había sido nuestro hogar en Coyoacán, me recibió con un silencio extraño. Las paredes blancas seguían decoradas con los cuadros que yo había elegido: una reproducción de Frida Kahlo en la sala, fotografías en blanco y negro del Centro Histórico, una pequeña artesanía zapoteca sobre la repisa.
El reloj de la cocina marcaba el tiempo con una crueldad precisa.
No abrí el joyero. Ni siquiera miré el clóset compartido. El dinero no me interesaba. Todo eso podía rastrearse, reclamarse, convertirse en una nueva cadena.
Pasé por el pasillo y me detuve frente a la puerta del estudio.
Ahí estaba. Sobre el escritorio de madera oscura, entre papeles y carpetas, descansaba la vieja laptop. Rayada, pesada, con las teclas desgastadas. Había viajado con Alejandro a Monterrey, a Guadalajara, a Panamá. Había sido testigo silencioso de noches interminables de números, gráficos y llamadas en voz baja.
—¿Eso es lo que vas a llevarte? —preguntó él desde la puerta, divertido.
—Sí —respondí sin dudar—. La computadora.
Soltó una carcajada breve.
—De verdad no entiendes nada —dijo—. Ese aparato no vale ni para refacciones.
Firmó el permiso sin leerlo. Diez minutos después, yo salía con una sola maleta… y la laptop bajo el brazo.
Mientras el taxi avanzaba por Insurgentes, sentí algo que no había sentido en años: una calma inquietante, como si una historia apenas estuviera comenzando.
Capítulo 2 – Lo que duerme en la memoria
Oaxaca me recibió con otro ritmo. Calles más lentas, mercados llenos de voces, tardes con olor a chocolate y pan recién hecho. Alquilé un pequeño departamento cerca del centro y empecé de nuevo como traductora freelance.
La computadora permaneció guardada en el clóset casi un año.
No era miedo exactamente. Era respeto. Sabía que, una vez que la encendiera, nada volvería a ser igual.
Una noche de lluvia, con el sonido constante del agua golpeando las tejas, me decidí. La coloqué sobre la mesa, respiré hondo y presioné el botón de encendido.
La contraseña seguía siendo la misma.
—Siempre tan predecible, Alejandro —murmuré.
Al principio no encontré nada extraño. Reportes financieros, presentaciones, correos formales. Pero luego descubrí una carpeta oculta. Después otra. Y otra más.
Empresas en Veracruz. Cuentas intermedias en Baja California. Facturas que no coincidían. Notas escritas con abreviaturas que yo había escuchado mil veces en conversaciones que fingía no oír.
—Esto no puede ser… —susurré.
Llamé a Marta, una amiga contadora.
—Necesito que veas algo —le dije—. No te compromete a nada, solo… dime si estoy loca.
Pasamos horas revisando archivos.
—No estás loca —dijo al final, con el ceño fruncido—. Esto está muy mal. Y muy bien escondido.
No hice nada de inmediato. Aprendí. Leí. Comparé leyes. Entendí cómo funcionaba el sistema financiero mexicano, cómo se movía el dinero entre sombras legales.
Esperé.
Cinco años después, su nombre explotó en los periódicos.
“Empresario destacado bajo investigación por irregularidades financieras.”
Esa noche, Oaxaca celebraba el Día de Muertos. Las calles estaban llenas de flores de cempasúchil, velas, música suave.
Mi teléfono sonó.
—¿Sigues teniendo la computadora? —preguntó una voz cansada, irreconocible.
Sonreí.
—Sí —respondí—. Aquí está.
El silencio al otro lado fue más elocuente que cualquier súplica.
—La necesito —dijo por fin—. O necesito que lo que hay ahí desaparezca.
Miré el altar frente a mí.
—Hay cosas que no desaparecen —contesté—. Solo esperan.
Capítulo 3 – Lo que no se puede comprar
No le entregué la computadora.
Tampoco fui directamente a las autoridades. Eso habría sido demasiado simple.
Preparé una copia. La envié de forma anónima a la comisión investigadora, junto con una sola frase:
“La verdad no se borra solo porque alguien se ría de ella.”
Los días siguientes fueron un torbellino. Audiencias. Comunicados. Silencios incómodos en la prensa.
El día que Alejandro fue citado a declarar, el sol volvió a caer con la misma intensidad que aquel día de la firma del divorcio.
Yo estaba en la plaza frente al edificio. Nadie me reconoció. Era solo una mujer más, observando.
Lo vi bajar del auto. Más delgado. Sin sonrisa. Caminando despacio.
Por primera vez, no parecía invencible.
Sentí algo parecido a la paz.
La computadora seguía conmigo. No como un trofeo, sino como un recordatorio: hay decisiones pequeñas que cambian una vida entera.
Y hay cosas que, por más dinero que alguien tenga, jamás podrá recuperar.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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