Capítulo 1 – La casa que respiraba
El sonido de la maleta rodando sobre la piedra fue lo último que quise escuchar de esa casa.
El sol de Veracruz caía sin piedad sobre la fachada blanca del chalet, haciéndola brillar como si nada malo hubiera ocurrido jamás ahí dentro. El mar, al fondo, seguía rompiendo contra las rocas con la indiferencia de siempre. Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.
—¿Ya te vas? —preguntó Alejandro desde la puerta, con esa voz que alguna vez me hizo sentir segura.
No me giré de inmediato. Apreté el asa de la maleta. Sabía que, si lo miraba demasiado pronto, algo en mí podía quebrarse.
—Eso parece —respondí.
Lucía apareció a su lado. Tacones altos, vestido ajustado, una mano descansando sobre su vientre aún apenas visible. Alejandro apoyó la suya encima, lento, deliberado, como si ese gesto fuera una firma pública.
—No dramatices —dijo él—. Las cosas simplemente… cambian.
Lo miré entonces. No vi culpa. No vi vergüenza. Vi triunfo.
—Claro —respondí—. Siempre cambian para algunos.
Lucía sonrió. No fue una sonrisa cruel, sino una llena de certeza. Como si creyera haber ganado algo que nadie podría arrebatarle.
—Te deseo lo mejor —dijo ella—. De verdad.
Asentí. Mentir también es un idioma que se aprende con el tiempo.
Di un paso hacia el portón de hierro. Antes de cruzarlo, algo me hizo detenerme. Un recuerdo absurdo: las noches en que despertaba sobresaltada, convencida de haber escuchado golpes sordos bajo el suelo. Alejandro siempre decía lo mismo.
—Son las tuberías. Esta casa es vieja.
Pero la casa no era vieja. La casa era silenciosa. Demasiado.
—Alejandro —dije sin mirarlo—. Cuida esta casa.
Él soltó una risa breve.
—No seas dramática.
Crucé el portón. No lloré. No grité. Solo sentí esa presión en el pecho que aparece cuando una vida se cierra de golpe.
No sabía que al irme, había dejado atrás algo que llevaba años enterrado.
Algo que todavía respiraba.
Capítulo 2 – La vida lejos del ruido
Oaxaca me recibió con olor a chocolate caliente y pan recién horneado. Nada de mármol, nada de rejas altas. Mi nueva casa tenía paredes color terracota y bugambilias que se desbordaban por la ventana.
—Aquí no se vive rápido —me dijo Doña Carmen, mi vecina—. Aquí se vive de verdad.
Empecé a dar clases de pintura a niños del barrio. Sus manos siempre terminaban manchadas de colores imposibles. A veces me miraban como si yo también fuera un lienzo por terminar.
—¿Extrañas tu casa grande? —me preguntó una niña un día.
Pensé en la blancura perfecta, en el eco nocturno.
—No —respondí—. Extraño dormir tranquila.
Las noticias de Veracruz llegaban como rumores lejanos.
Alejandro inaugurando nuevos proyectos.
Lucía fotografiada en revistas, sonriente, elegante.
“El heredero de un imperio”, decían del niño.
Una noche, mientras cerraba el taller, escuché en la radio algo que me heló la espalda.
—Investigación federal en desarrollos inmobiliarios de la costa…
Apagué el aparato. No quise escuchar más.
Esa misma noche soñé con la casa. No como era, sino como sentía: un lugar donde las paredes susurraban.
Desperté sudando.
—Solo son recuerdos —me dije—. Nada más.
Pero los recuerdos tienen una forma extraña de volver cuando nadie los llama.
Capítulo 3 – Lo que sale a la luz
Cinco años después, el nombre de Alejandro estaba en todas partes.
—¿Lo viste? —me preguntó Doña Carmen, señalando el periódico—. Veracruz.
Leí en silencio.
Red de lavado de dinero.
Personas desaparecidas.
Propiedades intervenidas.
La foto de la casa blanca ocupaba media página.
El reportaje describía el hallazgo con cuidado, sin detalles innecesarios. Habitaciones ocultas. Cámaras antiguas. Registros enterrados bajo el concreto.
Sentí frío. No miedo. Comprensión.
El teléfono sonó. Número desconocido.
—¿Señora Valeria? —dijo una voz firme—. Somos de la fiscalía. Necesitamos hacerle algunas preguntas.
Respiré hondo.
—Lo esperaba —respondí.
Horas después, colgué. No me acusaban. Me escuchaban.
Alejandro fue detenido esa misma noche. Lucía, interrogada durante días. El imperio se desmoronó con una rapidez casi poética.
Esa tarde caminé por las calles de Oaxaca. La vida seguía. Música, risas, vendedores ambulantes.
Pensé en la mujer que salió arrastrando una maleta bajo el sol de Veracruz. Pensé en lo poco que sabía entonces.
Entré a una cafetería. Pedí chocolate.
Leí el último párrafo del periódico una vez más.
No sentí alegría.
Sentí alivio.
A veces, perderlo todo no es una tragedia.
A veces, es la única manera de salvarse.
Salí a la calle.
México seguía vivo.
Y yo también.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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