#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.
El perfume de nardos y vainilla barata flotaba en el aire acondicionado del piso treinta y dos de la Torre Altus, en pleno corazón de la zona financiera de Guadalajara. Era un aroma penetrante, denso, que pretendía ocultar el olor a whisky caro y a sudor traicionero.
Sobre el amplio sillón de piel ejecutiva, mi esposo, Rodrigo, sostenía por la cintura a su secretaria, Kenia. Ella llevaba la blusa desabrochada y una sonrisa triunfal en los labios pintados de rojo carmesí. Rodrigo tenía la corbata floja y los ojos nublados por el alcohol y la lujuria. Cuando escucharon el chasquido suave de mis tacones sobre el mármol, Kenia ahogó un grito fingido y se acomodó la ropa con torpeza, escondiéndose detrás de la espalda de mi esposo con una mirada en la que se mezclaban el descaro y la burla.
Rodrigo, lejos de sobresaltarse o mostrar un ápice de vergüenza, suspiró con fastidio. Se abrochó el botón de la camisa, se acomodó el saco y me miró con esa frialdad aristocrática con la que solía desarmarme en las reuniones familiares.
—Vaya, Natalia —dijo Rodrigo, caminando hacia la licorera de cristal para servirse un trago más—. Pensé que estabas en la clase de pilates o tomando el té con las damas del voluntariado. Qué mal gusto tienes para aparecerte sin avisar.
Kenia soltó una risita ahogada desde el sillón.
—Ay, don Rodrigo, perdónela —dijo la joven con tono de falsa compasión—. La señora seguro vino a pedirle dinero para sus obras de caridad. Si quiere me salgo para que discutan a gusto.
Yo no pronuncié una sola palabra. No grité. No lloré. Tampoco me abalancé sobre Kenia para arrancarle la extensión de cabello como tantas veces imaginé en las noches de insomnio. Mi silencio era absoluto, casi espectral. Di tres pasos firmes hacia la enorme puerta de caoba maciza, metí la llave en la cerradura y le di dos vueltas lentas hasta escuchar el golpe seco del pasador. Luego, saqué la llave, la guardé en mi bolso de mano y me acerqué al escritorio.
Rodrigo frunció el ceño, dejando el vaso de cristal sobre la mesa.
—¿Qué te pasa, Natalia? ¿A qué juegas? Abre esa puerta inmediatamente. Si estás buscando armar un circo para pedirme el divorcio y quitarme la mitad de las acciones de la constructora, estás muy equivocada. Los abogados de mi familia te van a dejar en la calle. No tienes ni un solo papel que me vincule a nada.
Caminé con parsimonia hasta su lugar de trabajo. De mi bolso saqué una pequeña memoria USB de metal plateado y la coloqué justo en el centro del escritorio de caoba, junto a su computadora. El objeto brilló bajo las luces halógenas de la oficina.
Kenia se puso de pie, cruzándose de brazos con impaciencia.
—Señora, ya déjese de rodeos. Si cree que con ese pendrive nos va a asustar con fotos o mensajitos de texto, está muy atrasada. Rodrigo y yo nos amamos y usted ya es parte del pasado. Acepte su realidad.
Ignoré su presencia como se ignora a un insecto en la pared. Saqué mi teléfono celular, marqué un número de diez dígitos que me sabía de memoria y me lo llevé a la oreja. Al tercer tono, una voz grave y pausada respondió al otro lado.
—Está hecho. Suban —dije secamente, y colgué de inmediato sin esperar respuesta.
—¿A quién le hablaste, Natalia? —exigió Rodrigo, dando un paso al frente y mostrando por primera vez un destello de inquietud en sus ojos—. No me hagas perder el tiempo. Abre la puerta o la voy a derribar a patadas.
—Tienes diez minutos, Rodrigo —hablé por primera vez, con una voz helada, tranquila, desprovista de cualquier emoción—. Aprovéchalos para recordar todo lo que firmaste en estos últimos tres años.
El reloj de pared de la oficina marcaba el ritmo con un chasquido metálico. Fueron diez minutos de un silencio sepulcral, solo interrumpido por el taconeo nervioso de Kenia y el sonido del hielo derritiéndose en el vaso de Rodrigo. Él intentó usar la computadora, pero la pantalla estaba bloqueada por un comando externo. Intentó llamar por teléfono a la caseta de seguridad del edificio, pero las líneas internas habían sido cortadas.
Precisamente a los diez minutos, el sonido de la cerradura electrónica del pasador exterior comenzó a sonar. Un código de acceso maestro que solo tres personas en todo el país poseían se introdujo en el panel. La puerta de caoba se abrió de par en par.
Un viento helado pareció entrar al despacho. Desde el pasillo iluminado, dos hombres altos vestidos con trajes oscuros flanquearon la entrada. Y justo entre ellos, bajando de la penumbra del pasillo tras haber subido por el elevador ejecutivo, apareció un hombre alto, con una cicatriz tenue en la mandíbula y unos ojos oscuros que transmitían una autoridad implacable. Vestía un abrigo largo de lana fina y sostenía un bastón con empuñadura de plata.
A Kenia se le escapó el bolso de las manos, estrellándose contra el suelo.
Rodrigo dio dos pasos hacia atrás, tropezó con su propia silla ejecutiva y cayó de golpe sobre el sillón. El color de su rostro desapareció por completo, dejándolo pálido como un cadáver. Sus labios temblaban sin poder articular una palabra inteligible.
El hombre que acababa de cruzar la puerta sonrió con amargura, apoyó ambas manos sobre su bastón y miró fijamente a mi esposo.
Era Don Gabriel San Román. El fundador original de la constructora, el padrino de bodas de Rodrigo y el hombre a quien todos en el mundo empresarial de Jalisco daban por muerto en un sospechoso accidente aéreo en la sierra de Durango tres años atrás.
CAPÍTULO 2: EL FANTASMA DE LA CONSTRUCTORA
—Buenas noches, Rodrigo —dijo Don Gabriel con una voz profunda que hizo retumbar las paredes de la oficina—. Veo que te has acomodado muy bien en mi escritorio. Y veo que sigues teniendo el mismo pésimo gusto para las mujeres y para el tequila.
Kenia estaba petrificada contra la pared. Sabía perfectamente quién era el hombre que tenía enfrente; la fotografía al óleo de Don Gabriel aún colgaba en la sala de juntas del primer piso como un homenaje póstumo a su memoria.
—P-Padre... —logró articular Rodrigo con la voz quebrada, con los ojos fuera de sus cuencas—. No... no es posible. El avión... la avioneta cayó en la sierra... la fiscalía confirmó tu muerte... vimos los restos...
—Vieron lo que yo quise que vieran, muchacho —respondió Don Gabriel, avanzando despacio hacia el centro de la habitación mientras el sonido de su bastón sobre el mármol marcaba una marcha fúnebre—. Cuando descubrí que mi propio ahijado y socio estaba desviando fondos de la empresa para pagarle a los carteles de la región y sabotear mis obras, supe que si me quedaba en Guadalajara no duraría vivo ni un mes. Tuve que desaparecer tres años para sanar mis heridas, operar desde las sombras y esperar el momento exacto para destruirte sin darte tiempo de huir.
Rodrigo volvió la cabeza lentamente hacia mí, comprendiendo de golpe la magnitud del abismo al que acababa de caer.
—Natalia... tú... tú sabías que él estaba vivo —susurró mi esposo, con un odio mezclado con pánico en la mirada—. Durante estos tres años... me mirabas a la cara todas las noches... dormías en mi cama... sabiendo que él estaba vivo.
—Dormía en tu cama contando cada uno de tus errores, Rodrigo —le respondí, acercándome a la mesa para tomar la memoria USB—. Mientras tú te creías el dueño absoluto del imperio San Román, yo era el enlace directo entre Don Gabriel y los auditores internacionales. Cada factura falsa que firmaste para comprarle terrenos a Kenia, cada cuenta en las Islas Caimán que abriste a espaldas del consejo, cada soborno que pagaste para encubrir la mala calidad del concreto en la torre residencial de Zapopan... todo está grabado aquí.
—¡Es una trampa! —estalló Kenia, perdiendo el control y abalanzándose hacia la puerta—. ¡Yo no tengo nada que ver! ¡Yo solo soy una empleada! ¡Rodrigo me obligó a firmar esos documentos!
Uno de los escoltas de Don Gabriel le bloqueó el paso con el brazo extendido, sin mover un solo músculo.
—Señorita Kenia —intervino Don Gabriel con frialdad—. Su firma aparece en más de catorce contratos de adquisición de bienes con recursos de procedencia ilícita. La fiscalía del estado tiene una patrulla esperándola abajo en la entrada del estacionamiento. Le sugiero que guarde silencio y llame a su abogado, aunque dudo que pueda pagarlo cuando congelemos sus cuentas en los próximos veinte minutos.
Rodrigo se puso de pie torpemente, apoyándose en el escritorio. La prepotencia con la que me había ordenado irme a tomar el té hacía apenas quince minutos se había evaporado por completo. Ahora no era más que un hombre acorralado, sweat chorreándole por la frente y la corbata deshecha.
—Padrino... por favor —suplicó Rodrigo, cayendo prácticamente de rodillas frente a Don Gabriel—. Cometí errores, me dejé llevar por la ambición... pero la empresa creció bajo mi mando. Dupliqué las ganancias. Podemos arreglar esto en privado. Natalia y yo estamos casados por bienes mancomunados; si me destruyes a mí, la destruyes a ella.
Don Gabriel soltó una carcajada seca, llena de desprecio.
—¿Bienes mancomunados, Rodrigo? —el viejo empresario miró a su abogado, quien acababa de entrar a la oficina con una carpeta de piel roja—. Explícale, Licenciado Morales.
—Con mucho gusto, Don Gabriel —dijo el abogado, abriendo la carpeta—. Señor Rodrigo, el contrato matrimonial que usted firmó con la señora Natalia hace ocho años incluía una cláusula de invalidez patrimonial automática en caso de infidelidad comprobada o actos de corrupción en contra de las empresas de la familia San Román. Además, la señora Natalia es la heredera universal de las acciones de Don Gabriel desde el momento en que se emitió el certificado de fideicomiso privado en 2023. Usted no posee nada. Este escritorio, este edificio y hasta el traje que lleva puesto pertenecen a la señora Natalia.
CAPÍTULO 3: EL JUICIO DE LA MEMORIA
El aire en la oficina se volvió tan pesado que a Rodrigo le costaba respirar. Se llevó las manos al cuello, desabrochándose por completo el cuello de la camisa mientras miraba la pantalla de la computadora, donde el abogado de Don Gabriel comenzaba a reproducir los archivos de la memoria USB.
En el monitor de alta definición aparecieron videos de alta resolución donde se veía a Rodrigo en reuniones clandestinas con prestanombres, audios donde coordinaba el desvío de fondos hacia las cuentas de Kenia y registros bancarios detallados que demostraban cómo había intentado vender la patente de diseño estructural de la firma a una empresa competidora en Monterrey.
—¿Pensaste que eras muy listo, verdad, Rodrigo? —le dije, caminando alrededor del escritorio mientras observaba su rostro desencajado—. Pensaste que la "pobre huerfanita" que adoptó Don Gabriel no se daría cuenta de tus movimientos. Te burlabas de mí con tus amigos en el club de golf. Les decías que yo era una mujer aburrida, fácil de manipular, que me conformaba con una camioneta del año y una casa grande.
—Natalia... mi amor... —trató de alcanzar el ruedo de mi falda, pero me aparté con asco—. Te lo juro por la memoria de tu madre... yo te amo. Todo esto lo hice para darte la vida que te merecías, para que no dependiéramos de la sombra de mi padrino.
—No me llames tu amor —sentencié con una firmeza que hizo que cerrara la boca—. Me usaste como pantalla para limpiar tu imagen frente al consejo de administración. Y mientras yo lloraba la muerte de Don Gabriel, tú celebrabas con champán en esta misma oficina con tu secretaria.
Don Gabriel dio dos golpes secos con su bastón sobre el suelo de mármol.
—Suficiente drama —dijo el anciano—. La policía ministerial está subiendo por el elevador de servicio. Rodrigo, tienes diez minutos para recoger tus objetos personales. Nada que pertenezca a la empresa sale de esta habitación.
En ese momento, las puertas del elevador ejecutivo volvieron a abrirse y cuatro agentes de la Policía Investigadora del Estado de Jalisco, acompañados por un agente del Ministerio Público, entraron al despacho con una orden de aprehensión en la mano.
—¿Señor Rodrigo Garza Martínez? —preguntó el oficial al mando.
Rodrigo, tirado en el suelo, ni siquiera pudo ponerse de pie por sus propios medios. Dos agentes lo levantaron de los brazos, le colocaron las esposas de metal con un chasquido frío y le leyeron sus derechos por los delitos de fraude procesal, administración fraudulenta y lavado de dinero.
Kenia rompió en un llanto histérico mientras una agente femenina le colocaba los ganchos en las muñecas.
—¡Tú me dijiste que todo estaba seguro, Rodrigo! ¡Me arruinaste la vida! —gritaba la joven mientras la escoltaban hacia el pasillo—. ¡Eres un miserable!
Rodrigo no respondió. Tenía la mirada perdida en el suelo, con el rostro desencajado por la vergüenza al ver a los empleados del turno nocturno de la torre asomarse por las puertas de cristal para ver cómo el gran director general salía posado de manos y escoltado por la policía.
Antes de que se lo llevaran por completo, me paré frente a él en el marco de la puerta.
—Tu madre me dijo esta mañana que yo era una mujer sin suerte por no haberte dado un hijo —le dije con voz tranquila—. Hoy me doy cuenta de que mi única suerte fue no haber dejado ninguna huella tuya en mi vida.
Rodrigo no levantó la cabeza. Los oficiales se lo llevaron por el pasillo, y sus pasos se fueron apagando hasta que el silencio volvió a gobernar el piso treinta y dos.
Don Gabriel se acercó a mi lado, me pasó un brazo fuerte por los hombros y miró hacia el gran ventanal que daba a la majestuosa vista nocturna de la zona metropolitana de Guadalajara, con las luces de la ciudad brillando bajo la llovizna de la noche.
—Lo hiciste muy bien, hija —dijo el viejo empresario con orgullo—. Aguantaste el fuego como las grandes.
—No fue fácil, Padrino —suspiré, sintiendo que un peso enorme de tres años se desprendía finalmente de mi espalda—. Pero valió la pena cada segundo de espera.
—Ahora la constructora es tuya —sentenció Don Gabriel, entregándome el sello oficial de la presidencia del consejo—. Es hora de limpiar la casa y construir algo que de verdad valga la pena.
Sonreí por primera vez en tres años, tomé el sello entre mis manos y miré las luces de la ciudad. La tormenta había pasado, las traiciones habían sido cobradas con creces, y frente a mí se abría un horizonte limpio, libre y completamente mío.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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