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Después de perder a nuestro bebé, dejé de buscar a mi esposo y desaparecí de su vida durante tres meses. Él ni siquiera se tomó la molestia de preguntarme una sola vez dónde estaba. Pero el día que me encontró en el hospital, iba acompañado de su primer amor, Clara, quien llevaba puesta precisamente una de sus chamarras. Ethan me agarró de la muñeca y me preguntó fríamente qué hacía yo en el hospital. Yo simplemente sonreí y dejé que se fueran juntos. Él no tenía idea de que yo había perdido a nuestro bebé… y que también había perdido toda esperanza en él.

 #Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.



CAPÍTULO 1: EL SILENCIO DE LAS FLORES SECAS

El aroma a cempasúchil seco y pan de dulce en la cocina de la abuela Elena solía ser mi refugio, pero ese martes de lluvia torrencial en la Ciudad de México, nada podía quitarme el frío que se me había metido hasta la médula. Hacía exactamente noventa días que había recogido mis cosas en una maleta de mano y abandonado el departamento que compartía con Mateo en la colonia Condesa. Noventa días en los que mi teléfono jamás sonó con un mensaje suyo, ni siquiera para saber si seguía respirando.

Nuestra historia se desplomó el mismo día en que el médico del Seguro Social ajustó sus anteojos y me miró con lástima. El dolor en mi vientre había comenzado a las tres de la mañana, un retortijón agudo que me dobló en el suelo del baño. Mateo dormía profundamente en la habitación continua, agotado tras otra de sus largas jornadas en la agencia de publicidad. Cuando intenté llamarlo, la voz no me salió del pecho. Sola, rodeada por el eco de mis propios sollozos, llamé a una ambulancia. Horas más tarde, el diagnóstico confirmó lo que mi cuerpo ya sabía: nuestro hijo, el bebé que habíamos deseado en murmullos durante tres años, ya no tenía latido.

Cuando regresé al departamento dos días después, Mateo no me preguntó por qué mi cara estaba pálida ni por qué mis ojos lucían hundidos. Estaba demasiado ocupado celebrando un contrato nuevo, brindando con mezcal en la sala. Asumió que me había ido a pasar un fin de semana con mi familia a Xochimilco para descansar del estrés. En su mente, mi ausencia era solo un berrinche más. Esa misma noche comprendí que no había espacio para mi dolor en su mundo. Recogí lo indispensable y me fui sin decir una palabra, esperando en el fondo de mi alma marchita que me buscara, que notara la falta de mi cepillo de dientes, de mi abrigo en el perchero, de mi presencia en la mesa. Nunca lo hizo.

Durante esos tres meses me refugié en la pequeña casa de madera y teja de mi abuela, curándome las heridas en silencio mientras el estómago se me encogía con cada recaída. Mi salud, maltrecha desde aquella trágica pérdida, volvió a fallar en septiembre. Una infección severa me provocó fiebres altísimas que no cediendo con remedios caseros, obligándome a internarme de urgencia en el Hospital General.

Caminar por los pasillos fríos de la clínica, entre el olor a desinfectante y el murmullo de rezos de los familiares que aguardaban noticias, me oprimía el pecho. Sostenía con fuerza el suero que me administraban por vía intravenosa mientras avanzaba lentamente hacia el área de laboratorios. Fue al doblar en el pasillo principal donde el destino decidió cruzarnos.

Mateo estaba allí, de pie junto a la recepción. Lucía impecable como siempre, con su camisa blanca ajustada y el cabello peinado hacia atrás. Pero lo que me congeló la sangre no fue su presencia, sino la mujer que estaba a su lado. Era Sofía, su primer amor de la preparatoria, la misma mujer de la que conservaba fotografías guardadas en un cajón con llave que creía que yo jamás había descubierto. Sofía llevaba puesta la chamarra de piel café de Mateo, esa que él cuidaba como un tesoro y que a mí jamás me dejó tocar porque decía que era un recuerdo delicado de sus viajes.

Ella sonreía dulcemente mientras él le acomodaba el cuello de la prenda con una ternura que a mí me había escatimado durante los últimos años. De pronto, los ojos de Mateo se cruzaron con los míos. Hubo una fracción de segundo en la que vi una sombra de duda cruzar su rostro, pero rápidamente fue reemplazada por una mueca de severidad.

Avanzó hacia mí con pasos firmes, dejando a Sofía atrás. Sin pedir permiso, me sujetó de la muñeca. Su agarre no era doloroso, pero sí helado, dominante, cargado de una autoridad que ya no le correspondía.

—¿Qué haces aquí, Regina? —preguntó con voz fría, mirando mi rostro despeinado y la bata clínica—. Desapareces tres meses sin decir nada, dejas la casa tirada y ahora te encuentro montando un drama en el hospital. ¿Hasta dónde vas a llevar este capricho?

Lo miré fijamente a los ojos. Busqué en ellos algún rastro del hombre del que me había enamorado bajo los arcos de Coyoacán, pero solo encontré a un desconocido arrogante. No sabía nada. No sabía del bebé que se había desvanecido en mi vientre, ni de las noches en que lloré hasta quedarme sin aire, ni del agujero negro en el que se había convertido mi vida. Y en ese instante preciso, entendí que ya no valía la pena explicárselo.

Me desprendí de su agarre suavemente, sin aspavientos. Miré a Sofía, quien nos observaba a lo lejos con curiosidad, y luego volví a fijar mi vista en él. Le sonreí con una tranquilidad que pareció desconcertarlo por completo.

—No es ningún drama, Mateo —dije con un hilo de voz pausado pero firme—. Qué bueno que estás acompañado. Que tengan un buen día.

Me di la vuelta y seguí caminando por el pasillo, dejando que el tintineo del tripie del suero marcara mis pasos hacia la salida, sintiendo cómo el último hilo de esperanza que me unía a él se rompía para siempre.

CAPÍTULO 2: EL ECO DE LA VERDAD

La sonrisa de Regina al alejarse se quedó grabada en la mente de Mateo como una quemadura de tercer grado. Había esperado rabia, reclamos, lágrimas o un escandalo en medio del pasillo del hospital, pero esa serenidad absoluta lo dejó profundamente inquieto. Sofía se acercó a él, acomodándose la chamarra sobre los hombros.

—¿Estás bien, Mateo? ¿Quién era ella? —preguntó Sofía con voz suave.

—Es Regina… mi esposa —respondió él, viendo cómo la silueta de la mujer con la que llevaba tres años casado desaparecía tras las puertas dobles del área de urgencias.

—Pensé que me dijiste que se había ido de la ciudad por un proyecto de trabajo —comentó Sofía, arrugando el entrecejo—. Se veía muy enferma, Mateo. Tenía una banda de identificación en la muñeca.

Las palabras de Sofía resonaron como un eco sordo. Mateo intentó sacudirse la opresión en el pecho. Convencido de que Regina solo estaba llamando la atención, decidió llevar a Sofía a su consulta médica programada para revisar una lesión menor en el tobillo. Sin embargo, la curiosidad y un remordimiento repentino comenzaron a carcomerlo. Mientras Sofía entraba con el especialista, él caminó hacia la central de enfermeras del área de ginecología y urgencias.

—Buenas tardes, señorita —dijo Mateo, apoyándose en el mostrador—. Busco información sobre la paciente Regina Morales. Soy su esposo.

La enfermera, una mujer mayor de rostro severo y canas recogidas en un chongo alto, lo miró por encima de sus lentes de lectura. Tecleó algo en la computadora y luego frunció el ceño.

—¿Su esposo? Qué raro. No vimos a ningún familiar acompañándola cuando llegó hace tres meses en la ambulancia, ni tampoco esta mañana que vino a su revisión de control.

—¿Tres meses? —Mateo sintió que el suelo se movía bajo sus pies—. Ella solo se fue de la casa… tuvo un viaje.

La enfermera se levantó, tomó una carpeta de cartón gastada y lo miró con una mezcla de indignación y desprecio que lo hizo estremecer.

—Mire, joven, no sé qué clase de problemas tengan ustedes, pero la señora Morales ingresó aquí hace noventa días con un cuadro de hemorragia severa. Perdió a su bebé de doce semanas. Tuvo que someterse a una intervención quirúrgica de emergencia y pasó tres días en terapia intermedia totalmente sola. Nadie vino a preguntar por ella. Hoy regresó porque presentó una infección secundaria por las defensas bajas y la depresión.

El aire se escapó de los pulmones de Mateo de un solo golpe. El pasillo iluminado por tubos de luz blanca pareció volverse sombrío. Sus manos comenzaron a temblar instintivamente.

—¿Un bebé…? No… ella no me dijo nada. Ella no estaba embarazada.

—Tenía doce semanas —repitió la enfermera con firmeza, cerrando la carpeta de golpe—. La paciente estuvo a punto de sufrir una septicemia. Si no es por su abuela que la cuidó en su pueblo, no estaría contando el cuento. Ahora, si me permite, tengo trabajo.

Mateo dio dos pasos hacia atrás, tropezando con una banca de espera. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar con una crueldad devastadora: la noche en que él celebraba su ascenso con sus compañeros de la agencia, el llanto ahogado que creyó escuchar desde la recámara, las sábanas lavadas a primera hora de la mañana, y las pequeñas cajas de vitaminas que había visto en el bote de basura semanas antes. Él había estado tan absorto en su propio éxito, en sus reuniones y en el reencuentro casual con Sofía, que jamás se detuvo a mirar a su esposa a los ojos.

Salió corriendo del hospital, dejando a Sofía esperándolo en la sala de consulta. La lluvia caía con furia sobre la avenida Cuauhtémoc, pero a él no le importó empaparse. Subió a su auto y manejó a toda velocidad hacia la casa de la abuela Elena en Xochimilco, el único lugar donde sabía que Regina podía haberse refugiado.

El trayecto fue un calvario de pensamientos enredados. Se recordó a sí mismo exigiendo orden en la casa, reprochándole su apatía, distanciándose cada vez más hasta el punto de ofrecerle apoyo a Sofía tras su divorcio, usándola como un escape de la rutina marital. Había sido ciego, egoísta y vil.

Llegó a la pequeña propiedad rodeada de canales y plantas de ornato al atardecer. Golpeó el portón de madera gastada con desesperación. Tras varios minutos, la puerta se abrió lentamente. La abuela Elena, una mujer de manos callosas y mirada sabia, lo observó desde el otro lado del umbral.

—Elena… por favor, necesito hablar con Regina —suplicó Mateo, con la voz quebrada por la lluvia y el llanto.

La anciana no mostró sorpresa ni ira. Solo lo miró con una profunda tristeza.

—Llegas tarde, Mateo —dijo la mujer suavemente—. Regina ya no está aquí.

—¿A dónde se fue? Por favor, dígame. Ya me enteré de todo… de nuestro hijo, de lo que pasó en el hospital. Necesito pedirle perdón, necesito arreglar esto.

La abuela Elena suspiró, sacando de su chal una carta hecha un rollo y atada con un listón hilo de yute.

—Hay cosas que no se arreglan con pedir perdón, hijo. El dolor que se sufre en soledad cambia a las personas para siempre. Ella vino por sus últimas cosas y se fue esta misma tarde lejos de la ciudad. Me pidió que si venías, te entregara esto.

Mateo tomó el papel con manos temblorosas. La anciana cerró la puerta despacio, dejándolo solo bajo la tormenta con el peso aplastante de sus propios errores.

CAPÍTULO 3: LAS CENIZAS DEL PASADO

Mateo regresó al departamento de la Condesa entrada la noche. El lugar olía a polvo y a ausencia. Se sentó en el borde de la cama deshecha, esa misma cama donde alguna vez soñaron con construir una familia, y con dedos temblorosos desató el hilo de la carta. La caligrafía de Regina era limpia, firme, ensayada con la serenidad de quien ya no guarda ningún rencor, pero tampoco ningún afecto.

"Mateo:

Si estás leyendo esto, es porque finalmente te enteraste de lo que ocurrió aquella noche de junio. Durante tres meses esperé en silencio que tu corazón sintiera mi ausencia, no por orgullo, sino porque necesitaba saber si aún quedaba algo de nosotros en tu vida. Pero el silencio que me devolviste me dio la respuesta más clara.

El día que perdí a nuestro bebé, perdí también la ilusión de la mujer que fui a tu lado. Me di cuenta de que llevaba años amando a un fantasma, a un hombre que solo estaba presente cuando las luces del escenario brillaban, pero que desaparecía en las sombras de la necesidad. Verte hoy en el hospital, sonriendo y compartiendo con alguien más lo que a mí me negaste, no me causó ira. Me dio la libertad que me faltaba para soltarte.

No te busco para culparte; la culpa es una carga inútil. Te escribo para despedirme. Me voy a un lugar donde pueda sanar el cuerpo y el alma, donde las flores vuelvan a crecer sin la sombra de tu indiferencia. He firmado los papeles del divorcio y los he dejado sobre la mesa de la entrada. No me busques, porque la Regina que conociste se quedó en ese pasillo de hospital, sonriéndote por última vez.

Deseo que encuentres la paz que yo apenas estoy empezando a recuperar.

Regina."

Mateo dejó caer la carta sobre las sábanas. Caminó hacia la sala y vio el sobre amarillo con los documentos legales. Al lado, reposaba la llave del departamento y un pequeño dije de plata en forma de colibrí que él le había regalado cuando se comprometieron en el Zócalo.

Pasaron seis meses. La vida en la capital continuó con su ritmo frenético. Mateo intentó rehacer su rutina, pero el departamento se había convertido en un mausoleo de recuerdos. Su relación con Sofía nunca prosperó; la sombra de Regina y la culpa de su cobardía terminaron por distanciarlos inevitablemente. Vendió la propiedad, cambió de trabajo y se volcó por completo al aislamiento, comprendiendo demasiado tarde el valor de lo que había destruido.

Una tarde de otoño, Mateo viajó a Pátzcuaro, Michoacán, buscando un respiro del bullicio de la ciudad durante las festividades de la región. El pueblo estaba vestido de fiesta, repleto de velas, arcos de flores doradas y familias caminando por las calles empedradas.

Mientras caminaba cerca de la plaza principal, se detuvo ante una pequeña galería de arte local. En el aparador principal destacaba una pintura al óleo: una mujer de espaldas, vistiendo un rebozo tradicional color violeta, mirando hacia un horizonte lleno de luz, sosteniendo en su mano una pequeña flor blanca. El título de la obra al pie del marco decía: Resurgir.

A través del cristal de la galería, la vio.

Regina estaba detrás del mostrador, conversando alegremente con un cliente. Tenía el cabello más corto, las mejillas con un color saludable y una sonrisa genuina, radiante, que no le veía desde hacía años. Se le veía plena, completa, viva.

El corazón de Mateo dio un vuelco salvaje. Apretó la manija de la puerta de cristal, dispuesto a entrar, a arrodillarse si era necesario, a pedir una segunda oportunidad para demostrarle que había cambiado. Pero justo cuando iba a dar el paso, vio a un hombre joven acercarse a ella por detrás, entregándole una taza de café caliente y sacándole una risa cristalina que resonó hasta la calle. Regina aceptó la taza y le tocó la mano con afecto natural, sin sombras ni miedos.

Mateo se detuvo en seco. Su mano resbaló del picaporte.

Comprendió en ese instante que irrumpir en su nueva vida no sería un acto de amor, sino otro acto de egoísmo. Ella había logrado florecer sobre las cenizas del dolor que él mismo había ayudado a cultivar. La Regina que estaba al otro lado del cristal ya no le pertenecía a su historia.

Se dio la vuelta lentamente y caminó entre la multitud iluminada por las velas de la plaza. La brisa fresca de la noche le rozó el rostro mientras aceptaba, finalmente, el peso irremediable de su destino: el castigo de recordar para siempre a la mujer que dejó ir, y la consoladora certeza de que ella, al fin, era feliz.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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