#Cuento corto #Ficción #Escritura creativa El contenido del cuento corto anterior es únicamente con fines de entretenimiento y es totalmente ficticio.
El eco de los mariachis sonaba a lo lejos, filtrándose apenas por los gruesos ventanales de doble cristal del Salón Esmeralda, uno de los recintos más exclusivos de San Pedro Garza García, en Nuevo León. Era una noche de gala, una celebración fastuosa para conmemorar las cinco décadas de vida de Rodrigo Garza Cantú, un hombre cuyo apellido pesaba como una losa de granito en el norte de México. Para los invitados —empresarios de la industria acerera, políticos de alta alcurnia y damas de la alta sociedad envueltas en vestidos de diseñador y joyas deslumbrantes—, aquella era la estampa perfecta del éxito. Sin embargo, bajo la superficie pulida de los cristales de Murano y el aroma a champaña Moët & Chandon, el aire comenzaba a volverse espeso, cargado de una electricidad silenciosa que presagiaba una tormenta.
Yo, Elena Treviño, observaba la escena desde el extremo opuesto de la mesa principal. Llevaba puesto un vestido largo de seda en tono verde botella, sobrio pero elegante, elegido cuidadosamente para no eclipsar a mi esposo, aunque hacía meses que él se encargaba de eclipsarme a mí con su indiferencia. A mi lado, doña Sofía, mi suegra, una mujer de facciones severas y cabello impecablemente cardado al estilo de la vieja guardia regiomontana, me dirigió una mirada helada, carente de cualquier atisbo de calidez familiar.
—Más te vale mantener la compostura esta noche, Elena —murmuró doña Sofía con su voz rasposa, bebiendo un sorbo de vino sin apartar los ojos del centro del salón—. Rodrigo ha trabajado muy duro para consolidar nuestra posición en el consejo. No toleraremos ningún escándalo de tu parte.
—No habrá ningún escándalo por mi parte, suegra —respondí con una tranquilidad que pareció desconcertarla por un instante.
Desvié la mirada hacia el centro de la pista, donde Rodrigo acababa de tomar el micrófono. Su esmoquin hecho a la medida le sentaba impecable, y la luz de los reflectores dorados acentuaba su sonrisa carismática, esa misma sonrisa que durante veinte años me había hecho creer que éramos un frente unido. Sostuvo la copa en alto y pidió silencio con un gesto elegante de la mano. Los aplausos no tardaron en resonar, entusiastas y ruidosos.
—Quiero agradecerles a todos por estar aquí esta noche tan especial —comenzó Rodrigo, su voz retumbando con seguridad por el sistema de sonido—. Cincuenta años se dicen fácil, pero se construyen con visión, esfuerzo y, sobre todo, con las personas correctas a nuestro lado.
Los invitados sonrieron, asintiendo con aprobación. Yo sentí un leve nudo en la boca del estómago, una punzada instintiva que mi mente intentó disipar de inmediato. Me dije que era solo fatiga, el peso de organizar una fiesta para doscientos invitados en medio de los constantes viajes de negocios de mi esposo.
—A lo largo de los años, uno aprende a reconocer lo que es verdaderamente valioso —continuó Rodrigo, y su tono dio un giro sutil, volviéndose más íntimo, casi teatral—. Hay ciclos que deben cerrarse para dar paso a la auténtica felicidad. Y hoy, frente a mi familia, frente a mis socios y amigos de toda la vida, quiero hacer oficial un cambio que debió ocurrir hace mucho tiempo.
En ese momento, las puertas laterales del salón se abrieron. Un silencio sepulcral, denso y helado, cayó de golpe sobre los asistentes. Los murmullos de los invitados cesaron al instante. Por el umbral avanzó Valeria, una joven de veintiocho años, de cabellera rubia impecable y un ajustado vestido rojo pasión que desafiaba cualquier código de decoro para una gala de esa magnitud. En su mano izquierda sostenía una copa de cristal, caminando con la seguridad de quien pisa un territorio que ya considera suyo. Los rostros de los familiares más cercanos de Rodrigo pasaron de la perplejidad a una mueca de cómplice expectación; evidentemente, yo era la única en todo el salón que desconocía aquella puesta en escena.
—Valeria, acércate, por favor —la llamó Rodrigo con total naturalidad, extendiendo su mano libre hacia ella.
El corazón me dio un vuelco, pero mi entrenamiento de años en círculos corporativos y sociales me mantuvo anclada en el asiento, con la espalda recta y el rostro inexpresivo. Sentí una mezcla de incredulidad y una fría claridad mental comenzando a ordenar las piezas del rompecabezas: las ausencias prolongadas, las llamadas cortadas, las reuniones de junta interminables en Ciudad de México y Houston. Todo cobraba un sentido grotesco y definitivo.
Valeria se detuvo junto a él en la tarima. Rodrigo no se inmutó ante las miradas atónitas de algunos socios más conservadores. Metió la mano en el bolsillo interno de su saco y extrajo una pequeña caja de terciopelo oscuro. Mi respiración se ralentizó. Reconocía perfectamente el contenido: se trataba del anillo de la familia Garza, una pieza histórica de oro blanco con un zafiro de Ceilán rodeado de diamantes antiguos, una reliquia que doña Sofía me había entregado en una fría ceremonia privada el día de nuestra boda, bajo la solemne promesa de que simbolizaba la custodia del honor y el patrimonio del clan.
—Elena —dijo Rodrigo, mirándome por primera vez de frente, con una mezcla de fastidio y fingida magnanimidad—. Creo que ya es hora de dejar las cosas claras. Nuestra relación es una farsa desde hace años. Valeria es la mujer que hoy comparte mi vida y mi visión de futuro.
Abrió la caja de terciopelo y, ante la mirada atónita de los presentes, sacó el pesado anillo familiar y lo deslizó con absoluta delicadeza en el dedo anular de Valeria, quien esbozó una sonrisa triunfante, casi desafiante, dirigida directamente hacia mí.
El murmullo en las mesas estalló como un enjambre molesto. Algunas tías de Rodrigo se cubrieron la boca con expresión fingida de horror, aunque sus ojos brillaban de morbosidad. Doña Sofía, lejos de mostrar indignación, se inclinó hacia adelante, soltando una sonrisa fría, afilada como el filo de un cuchillo, y sentenció en voz lo suficientemente alta para que la escucharan en las mesas contiguas:
—Sin ti, mi hijo todavía puede casarse con una mujer mucho mejor, Elena. Ya era hora de que te dieras cuenta de tu lugar.
El tiempo pareció suspenderse. En el interior de mi mente, la mujer que había sacrificado su propia carrera en derecho corporativo para gestionar la fundación de beneficencia de los Garza y sostener la fachada pública del matrimonio durante dos décadas se desvaneció por completo. En su lugar surgió una determinación helada, un despertar súbito que barrió con cualquier rastro de dolor o vulnerabilidad. Comprendí que el golpe no solo buscaba humillarme en público, sino dejarme en absoluta indefensión jurídica y social, despojándome de mi dignidad antes de despojarme de lo demás.
Rodrigo dio un paso al frente, sacando de su portafolio un sobre manila abultado que dejó caer con desdén sobre la mesa principal, justo frente a mi plato de porcelana fina.
—Aquí están los papeles del divorcio, redactados por mis abogados —anunció Rodrigo, adoptando un tono imperativo—. Los términos son claros: una pensión modesta para mantener tu nivel de vida básico y la renuncia formal a cualquier pretensión sobre las acciones o los bienes raíces administrados por el corporativo Garza. Firma ahora mismo, Elena. No hagamos este espectáculo más largo de lo necesario.
Los camareros contenían la respiración junto a las columnas, los invitados evitaban mirarme directamente y el silencio en el salón era absoluto. Lentamente, me levanté de la silla. Mi movimiento fue pausado, deliberado. Alisó la tela de mi vestido verde botella con ambas manos, manteniendo la barbilla en alto, proyectando una dignidad que dejó perplejos a los presentes, quienes esperaban verme llorar o suplicar clemencia.
Extendí la mano hacia el sobre manila, lo abrí con parsimonia y saqué los documentos legales. No me molesté en leer las cláusulas leoninas; ya conocía la catadura moral de los abogados de la familia. Tomé la pluma fuente Montblanc que Rodrigo había dejado junto a la copa y firmé con trazo firme, legible y elegante en la línea designada.
Acto seguido, llevé la mano derecha hacia mi anular, donde el anillo de bodas clásico de oro amarillo brillaba con la luz tenue de las velas. Me lo quité con un movimiento seco, lo coloqué exactamente en el centro de la mesa, justo al lado de los papeles firmados, y levanté la vista para mirar fijamente a los ojos a mi todavía esposo y a mi suegra.
—Gracias a todos por ayudarme a confirmar algo que necesitaba saber —dije, y mi voz, aunque serena, resonó con una claridad cristalina en cada rincón del salón gracias al micrófono ambiental que aún colgaba cerca de Rodrigo—. Felicitaciones por la elección, Rodrigo. Te deseo el futuro exacto que te mereces.
Sin esperar respuesta, sin mirar atrás y con el paso firme de quien abandona un escenario menor, di media vuelta y comencé a caminar hacia la salida principal del Salón Esmeralda. Las puertas dobles se abrieron ante mí mientras las miradas atónitas de doscientos invitados se clavaban en mi espalda. Apenas crucé el umbral y sentí el aire fresco de la noche norteña golpear mi rostro en el elegante vestíbulo del hotel, saqué mi teléfono celular del bolso, busqué el contacto de mi representante legal y, con la voz templada por una fría resolución, dicté las palabras que cambiarían el destino de todos:
—Licenciado Morales, activa la cláusula de herencia. A partir de mañana por la mañana, todos los derechos de voto de las acciones que él está administrando quedarán suspendidos.
CAPÍTULO 2: EL AJEDREZ LEGAL EN SAN PEDRO GARZA GARCÍA
El amanecer en San Pedro Garza García se colaba entre las torres corporativas de Valle Oriente con una claridad implacable. Mientras la ciudad comenzaba a bullir con el tráfico matutino de camionetas último modelo y ejecutivos con trajes impecables, el ambiente en las oficinas corporativas del Grupo Garza era radicalmente distinto. El aire acondicionado zumbaba con fuerza en la sala de juntas principal, pero el calor de la tensión corporativa amenazaba con cortarse con tijeras.
Rodrigo Garza Cantú se encontraba de pie frente al ventanal panorámico del piso quince, con una taza de espresso humeante en la mano y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro. La noche anterior había sido un éxito rotundo, al menos en su mente. Había liquidado dos décadas de matrimonio sin despeinarse, humillado públicamente a su exesposa y consolidado su imagen de patriarca moderno al lado de Valeria, quien ya ocupaba la oficina contigua a la suya como flamante directora de relaciones públicas del corporativo. Su teléfono sonó intermitentemente con mensajes de felicitación de socios comerciales y amigos que celebraban su audacia.
La puerta de la sala se abrió de golpe sin previo aviso. No era su secretaria, sino su primo y director financiero del grupo, Eduardo Garza, quien entraba con el rostro desencajado, un expediente bajo el brazo y la respiración acelerada.
—Rodrigo, tenemos un problema grave —soltó Eduardo sin preámbulos, arrojando una carpeta de documentos sobre la mesa de caoba.
Rodrigo soltó una carcajada corta, girándose con desdén mientras dejaba la taza sobre la credenza—. ¿Un problema grave? Por favor, Eduardo. Lo peor ya pasó. Anoche firmó los papeles del divorcio frente a toda la sociedad regia. Elena está fuera de la jugada. Lo único que nos queda es esperar a que el juez ratifique el convenio y disolver cualquier vínculo legal.
—No has leído el reporte del departamento legal corporativo que me acaban de enviar de urgencia hace diez minutos —respondió Eduardo con la voz temblorosa, sudando frío a pesar del frío artificial de la sala—. No se trata del convenio de divorcio ordinario, Rodrigo. Se trata del fideicomiso original de tu abuelo, el fundador de la compañía.
La sonrisa de Rodrigo flaqueó por un instante, aunque intentó mantener la fachada de control—. El fideicomiso de mi abuelo estipula claramente que las acciones con derecho a voto mayoritario corresponden a la línea directa de los varones de la familia Garza. Yo administro el bloque principal. ¿Qué demonios podría estar mal?
—El artículo vigésimo cuarto, cláusula especial de protección patrimonial —respondió Eduardo, abriendo el expediente y señalando con el dedo tembloroso un párrafo lleno de jerga legal antigua—. Especifica que, en caso de disolución matrimonial por causas imputables a infidelidad o humillación pública documentada, y si el cónyuge afectado posee la titularidad originaria de los derechos de usufructo indirecto... ¡espera! El paquete accionario principal no era tuyo por derecho de sangre absoluto, Rodrigo. Tu abuelo lo estructuró para proteger el patrimonio familiar frente a malas decisiones masculinas. ¿A nombre de quién estaba registrado el contra-fideicomiso original que firmaron tus padres antes de morir?
El color comenzó a desvanecerse del rostro de Rodrigo. La taza de café tembló en su mano antes de que lograra dejarla caer sobre la mesa, derramando un charco oscuro sobre los informes financieros—. Estaba... estaba a nombre de la familia directa, pero...
—Estaba respaldado por el capital fundacional que aportó la familia Treviño cuando tu abuelo estaba al borde de la quiebra en los años setenta —gritó Eduardo, perdiendo la compostura—. ¿Y sabes quién es la única heredera universal viviente de esa rama de los Treviño? ¡Elena! ¡Tu exesposa!
En ese preciso instante, las pantallas táctiles de la sala de juntas, conectadas al sistema bursátil y al portal del Registro Público de la Propiedad y de Comercio, parpadearon sincrónicamente. Una alerta roja iluminó toda la habitación. El logotipo del Grupo Garza fue sustituido por un aviso formal del corporativo legal externo: «Suspensión temporal de derechos de voto corporativo por activación de cláusula fiduciaria de protección patrimonial. Solicitante: Elena Treviño de Garza. Ejecución inmediata a partir de las 08:00 horas».
Rodrigo sintió que el suelo se desvanecía bajo sus zapatos italianos. Corrió hacia la pantalla, intentando acceder al portal administrativo con sus claves de director general, pero el sistema arrojó un código de error implacable: Acceso denegado. Credenciales revocadas por orden judicial.
—¡Esto es absurdo! ¡Es una locura legal! —bramó Rodrigo, golpeando con el puño la mesa de caoba con desesperación—. ¡Llama a los abogados corporativos! ¡Exijo que presenten un amparo de inmediato! ¡No pueden congelar el control accionario de un día para el otro!
—Ya llamé al bufete de los licenciados Sada y Asociados —respondió Eduardo, pasándose las manos por el cabello con desesperación—. ¿Y sabes qué me dijeron? Que el poder notarial que firmaste anoche en la fiesta, al aceptar los términos del divorcio exprés redactados por nuestros abogados de bolsillo, incluía una cláusula de cesión de jurisdicción patrimonial que validaba automáticamente cualquier contra-demanda civil previa presentada por el representante legal de Elena. ¡Firmaste tu propia sentencia corporativa para humillarla en público!
El silencio que siguió en la sala fue absoluto, roto únicamente por el zumbido monótono del aire acondicionado. Rodrigo sintió un sudor frío recorrer su nuca. Veinte años de construcción patriarcal, de alianzas empresariales en los clubes más exclusivos de Monterrey, de cenas de negocios donde su palabra era ley absoluta, se desmoronaban en cuestión de segundos debido a una soberbia ciega y a la subestimación absoluta de una mujer a la que creía domesticada.
Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, en el corporativo legal situado en la zona de San Pedro, yo observaba desde el ventanal de mi nueva oficina provisional cómo la ciudad continuaba su curso indiferente. Sostenía una taza de té de manzanilla entre las manos, sintiendo el calor reconfortante de la porcelana. Sobre el escritorio reposaba el expediente completo que mi padre, antes de fallecer, me había obligado a blindar jurídicamente mediante un fideicomiso cruzado que ni el mejor equipo de abogados de los Garza había logrado descifrar, cegados como estaban por su machismo estructural y su desprecio sistemático hacia mi persona.
La puerta de mi oficina se abrió discretamente y el licenciado Morales entrou con una carpeta azul marino en las manos, esbozando una sonrisa de respeto profesional.
—Licenciada Treviño —dijo Morales con tono ceremonioso—. El sistema confirma que la suspensión del bloque accionario de Rodrigo Garza ha sido ejecutada con éxito. En este momento, el consejo de administración ha quedado acéfalo de decisiones ejecutivas hasta que se nombre un administrador judicial provisional. Y, según los estatutos del fideicomiso, usted encabeza la terna para asumir dicha administración.
Dejé la taza sobre el platillo con absoluta delicadeza, me acomodé el saco sastre color gris perla y miré al abogado con una serenidad inquebrantable.
—Perfecto, Morales —respondí con voz firme y pausada—. Prepáreme el auto de notificación formal. A las diez de la mañana tenemos una junta de accionistas, y me gustaría llegar puntualmente para darles la bienvenida a la nueva realidad del corporativo.
CAPÍTULO 3: EL BENDITO DESPERTAR Y LA CAÍDA DEL IMPERIO
Eran las diez de la mañana en punto cuando las puertas dobles de cristal esmerilado de la sala de juntas magna del Grupo Garza se abrieron de par en par. La tensión en el recinto era tan densa que podía palparse en el ambiente. Alrededor de la larga mesa ovalada se encontraban sentados los miembros más pesados del consejo de administración: patriarcas de la industria acerera, directores de bancos regionales y consejeros independientes que hasta hacía veinticuatro horas obedecían ciegamente las directrices de Rodrigo Garza Cantú.
Rodrigo estaba sentado en el asiento principal de cabecera, con el rostro desencajado, las ojeras marcadas por una noche sin dormir y la camisa desabotonada del cuello ante la imposibilidad de calmar sus nervios. A su lado, Valeria intentaba mantener una postura distante y altiva, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con la correa de su bolso de marca. Doña Sofía ocupaba un asiento cercano, con los labios apretados en una línea fina, negándose a aceptar que su apellido estuviera perdiendo el control del emporio que su esposo había tardado cincuenta años en levantar.
Las puertas se abrieron por completo y el murmullo general cesó de golpe.
Yo ingresé al salón con paso firme, enfundada en un traje sastre de dos piezas en color azul marino, con el cabello recogido en una coleta baja impecable y un maletín de piel ejecutiva en la mano derecha. Detrás de mí caminaban el licenciado Morales y dos fedatarios públicos con las actas notariales correspondientes bajo el brazo.
—Buenos días a todos los presentes —saludé con voz clara, sonora y desprovista de cualquier atisbo de temor o vacilación.
Rodrigo se puso de pie de un salto, furioso, señalándome con el dedo índice mientras su voz temblaba de rabia contenida:
—¡Tú no pintas nada aquí, Elena! ¡Esta es una junta directiva privada de los Garza! ¡Seguridad, saquen a esta mujer inmediatamente de las instalaciones!
Ninguno de los guardias de seguridad apostados en la entrada se movió un solo milímetro. Conocían perfectamente el contenido de las nuevas órdenes notariales que circulaban desde primera hora en los sistemas internos del edificio.
—Te sugiero que te sientes, Rodrigo, y guardes silencio si no quieres empeorar tu situación legal —respondí con una sonrisa glacial, tomando asiento exactamente frente a él, en la silla opuesta de la cabecera, la cual había permanecido vacía durante años como un símbolo tácito de exclusión conyugal—. Licenciado Morales, por favor, distribuya las actas constitutivas actualizadas a los miembros del consejo.
Morales repartió los documentos con precisión quirúrgica entre los consejeros atónitos. Varios de ellos comenzaron a hojear las páginas con rapidez, palideciendo conforme leían las cláusulas que demostraban fehacientemente que el capital accionario mayoritario y los derechos fiduciarios reales nunca habían pertenecido al patriarcado de los Garza, sino al patrimonio heredado y protegido por la familia Treviño, el cual había sido cedido en usufructo temporal a Rodrigo únicamente bajo la condición explícita de mantener la estabilidad y el honor institucional, condiciones que él mismo había roto de forma pública y documentada la noche anterior en el Salón Esmeralda.
—Esto... esto es un fraude legal fraguado a espaldas del consejo —balbuceó doña Sofía, golpeando la mesa con el bastón de ébano que siempre llevaba consigo—. ¡Mi familia fundó esta empresa! ¡Ninguna mujer advenediza va a arrebatarnos el trabajo de nuestra vida!
Volví la mirada hacia mi ex suegra, manteniendo la compostura y la elegancia que caracterizaban a las mujeres de estirpe en el norte del país, pero añadiendo una dosis implacable de verdad jurídica.
—Doña Sofía, el apellido Garza pesa mucho en Monterrey, es cierto —dije con voz serena, inclinándome ligeramente hacia adelante—. Pero los imperios construidos sobre la humillación sistemática, el desprecio a la lealtad y la asunción de que las mujeres somos piezas decorativas descartables tienen bases de barro. Anoche, su hijo tuvo la amabilidad de firmar ante doscientos testigos y ante los abogados de ambas familias la disolución de nuestro vínculo con causales de infidelidad pública. Y hoy, las leyes mercantiles de este país, que ustedes tanto han presumido dominar, simplemente están aplicando la letra menuda del contrato que sostuvieron este emporio durante décadas.
Rodrigo apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Miró a su alrededor buscando el apoyo de los socios históricos del consejo, pero los rostros de los empresarios veteranos se habían vuelto de piedra; en el mundo de los negocios de altos vuelos, la lealtad corporativa y la protección del capital siempre estaban por encima de los caprichos familiares o los romances de ocasión.
—¿Qué es lo que quieres, Elena? —espetó Rodrigo entre dientes, con la voz quebrada por la humillación y la rabia contenida al verse acorralado en su propia casa matriz—. ¿Dinero? ¿Propiedades? Nómbralo ahora mismo y terminemos con esta farsa.
Me tomé unos segundos para acomodar las hojas sobre la mesa, mirándolo con una mezcla de lástima y absoluta indiferencia.
—No quiero tu dinero, Rodrigo, ni me interesan las migajas de un patrimonio que ayudé a sostener mientras tú te gastabas los dividendos en caprichos personales —respondí con absoluta firmeza—. Lo que quiero es muy simple: la reestructuración total del consejo de administración, la destitución inmediata de cualquier cargo directivo de Valeria por conflicto de intereses y malversación de recursos de relaciones públicas, y la asunción formal de la presidencia ejecutiva del Grupo Garza por parte de la mesa fiduciaria de los Treviño, tal como lo estipulan los estatutos originales.
Valeria, que hasta ese momento había permanecido en silencio intentando mantener la compostura, se levantó abruptamente de su asiento, mirando a Rodrigo con furia y desprecio—. ¿Qué clase de imbécil eres, Rodrigo? ¡Me trajiste aquí para humillar a tu esposa y resulta que nos has dejado en la calle a los dos! ¡Yo no vine a perder mi tiempo ni mi estatus por tu estupidez!
—Cierra la boca, Valeria —le espetó Rodrigo con furia ciega, perdiendo por completo los estribos frente al consejo directivo.
—La única persona que va a cerrar algo aquí es usted, licenciado Garza, al abandonar este edificio en los próximos treinta minutos antes de que la policía ministerial ejecute la orden de embargo preventivo de sus bienes personales por administración fraudulenta —interrumpió el licenciado Morales con voz fría y tajante, mostrando una copia sellada por un juez federal mercantil.
El golpe final dejó sin aliento a los presentes. Doña Sofía se reclinó pesadamente en su silla, con la mirada perdida en el techo de la sala, comprendiendo finalmente que la soberbia y el desprecio con el que habían gobernado a su familia y a su entorno social se habían convertido en el bumerán que destruía su propio legado.
Me puse de pie lentamente, tomé mi maletín de piel, ajusté los botones de mi sastre azul marino y miré por última vez a mi exesposo, quien permanecía hundido en la silla de cabecera, derrotado por su propia arrogancia.
—Buenas tardes, señores —dije con una sonrisa tranquila, dirigiéndome a los miembros del consejo—. A partir de mañana, el Grupo Garza comenzará una nueva etapa basada en el rigor, la legalidad y el respeto mutuo. La junta ha terminado.
Salí de la sala de juntas con paso firme, cruzando los pasillos de cristal donde los empleados murmuraban con asombro y respeto al verme pasar. Afuera, el sol del mediodía iluminaba con fuerza las calles de San Pedro Garza García, reflejándose en las torres de cristal que ahora respondían a una nueva dirección. Respiré hondo, sintiendo por primera vez en veinte años que el aire fresco del norte pertenecía enteramente a mi propio destino.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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