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El día que firmé los papeles para autorizar a mi esposo a vender el coche viejo, él soltó un suspiro de alivio y dijo que necesitaba el dinero con urgencia para resolver un asunto personal. No le pregunté de qué se trataba; solo le pedí que, de pasada, entregara un sobre en el hospital al que había estado yendo últimamente. Cuando el sobre fue abierto, la joven secretaria que tenía a su hijo en brazos se quedó pálida. Volteó a ver a mi esposo como si estuviera frente a un desconocido… porque lo que había dentro no era dinero, sino pruebas de que había sido engañada desde el principio...

CAPÍTULO 1 – LA FIRMA

El ventilador del despacho giraba lento, como si también dudara. Afuera, Guadalajara hervía: claxon tras claxon, vendedores ambulantes gritando ofertas, el sol cayendo a plomo sobre el asfalto. Yo tenía la pluma en la mano y el papel frente a mí.

—¿Estás segura? —preguntó el notario sin levantar la vista.

Miré a Javier, mi esposo. Estaba sentado a mi lado, rígido, con los dedos entrelazados. Tenía esa expresión que había aprendido a reconocer con los años: alivio anticipado.

—Sí —respondí, y firmé.

El papel autorizaba la venta del Vocho verde, nuestro primer coche, el que había estado con nosotros desde que apenas alcanzábamos a pagar la renta en Santa Tere. Cuando terminé, Javier soltó el aire como si hubiera estado conteniéndolo durante meses.

—Gracias —murmuró—. De verdad… no sabes cuánto lo necesitaba.

—Dijiste que era urgente —respondí—. ¿Para qué es el dinero?

Él se acomodó la chamarra, evitando mi mirada.

—Un asunto personal. Nada grave.

Doce años de matrimonio te enseñan muchas cosas. A distinguir silencios, a leer gestos, a saber cuándo una respuesta está incompleta. Esta lo estaba. Pero no insistí.

Salimos a la calle. El calor nos golpeó de frente.

Antes de despedirnos, saqué de mi bolsa un sobre manila, bien cerrado.

—Oye —dije, como si fuera una ocurrencia—. Ya que vas seguido al Hospital San Rafael, ¿podrías entregar esto por mí?

Javier se quedó quieto un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente.

—¿A quién? —preguntó.

—A la secretaria —respondí—. A Lucía. La que siempre mencionas.

Su sonrisa fue automática.

—Claro. No hay problema.

Guardó el sobre en el bolsillo interior de la chamarra. Me besó la mejilla y se fue.

Yo me quedé viendo cómo se alejaba entre la gente, con esa sensación amarga de cuando sabes que algo está a punto de romperse… pero aún no sabes cómo.

CAPÍTULO 2 – EL SOBRE


El Hospital San Rafael olía a desinfectante barato y café recalentado. Javier entró como de costumbre, saludando a los guardias, fingiendo seguridad.

Lucía estaba detrás del mostrador, con su hijo dormido en brazos. Tenía ojeras suaves, de esas que no se quitan con maquillaje, y una sonrisa cansada que se iluminó al verlo.

—Pensé que no vendrías hoy —dijo ella.

—Salió algo —respondió él—. Mi esposa te manda esto.

Le entregó el sobre.

Lucía frunció el ceño.

—¿Tu esposa?

—Sí… bueno, cosas administrativas —dijo Javier, rápido.

Ella dudó, pero abrió el sobre.

Primero sacó una hoja. Luego otra. Y otra más.

Su expresión cambió.

—¿Qué es esto? —preguntó en voz baja.

Javier tragó saliva.

—Documentos.

Lucía leyó. Volvió a leer. Sus manos empezaron a temblar.

—Todas las propiedades… —susurró—. Todas están a nombre de ella.

Levantó la vista lentamente.

—Me dijiste que la empresa era tuya. Que la casa de Zapopan era tuya. Que el coche…

—Lucía, yo puedo explicarte…

—¿Explicarme qué? —lo interrumpió—. ¿Que me mentiste desde el primer día?

El bebé se movió. Lucía lo abrazó con más fuerza.

—¿También es mentira que ibas a divorciarte?

Javier abrió la boca. No salió nada.

Lucía respiró hondo. No gritó. No lloró.

Empujó el sobre de regreso.

—Vete —dijo—. Y no regreses.

Javier salió sin mirar atrás.

CAPÍTULO 3 – LO QUE QUEDA


Esa noche yo estaba en el patio, bajo la bugambilia. La radio vieja sonaba bajito.

Javier llegó tarde. Se sentó frente a mí.

—Tú lo sabías —dijo—. Desde el principio.

—Sí —respondí.

—¿Por qué no me enfrentaste?

—Porque quería que tú mismo te quedaras sin mentiras.

Silencio.

—¿Cuánto dieron por el coche? —pregunté.

Me dijo la cifra. No era mucho.

—No perdiste dinero —añadí—. Perdiste algo peor.

Semanas después, inicié el divorcio.

Lucía se fue a la costa con su hijo.

Yo me quedé.

En Guadalajara, el sol siguió saliendo igual.
Pero yo ya no vivía a la sombra de nadie.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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