Capítulo 1 – La habitación 307
El sonido de las campanas de la iglesia de San José se filtraba por la ventana como todos los amaneceres en Guadalajara, pero aquel día no me trajo paz. Había algo en el aire, una incomodidad difícil de explicar, como cuando el cuerpo presiente una tormenta antes de que el cielo se nuble.
Tomé el celular desde el buró y escribí el mensaje de siempre:
—Acuérdate de desayunar bien. Dicen que el hospital está helado.
La respuesta llegó minutos después.
—Sí.
Solo eso.
Una palabra seca, distante. Miguel solía escribir corazones, bromas, algún “te amo” apresurado. Ese “sí” cayó como una puerta cerrándose.
Me levanté con cuidado. A los siete meses de embarazo, cada movimiento requería paciencia. Me miré al espejo: ojeras suaves, el cabello recogido sin esmero, la panza redonda que ya marcaba el ritmo de mis días. Aun así, sonreí. Estaba convencida de que la bondad era una decisión diaria.
Por eso preparé el pequeño regalo.
Había escuchado a una enfermera hablar de una joven que acababa de dar a luz sola, sin familia, en la habitación 307 del Hospital Civil. Nadie la había visitado. Nadie preguntó por ella. Decidí hacer algo sencillo: una cobijita azul, un alebrije de tela comprado en Tlaquepaque y una tarjeta.
“Que la vida los abrace fuerte.”
Al llegar al hospital, el olor a desinfectante me revolvió el estómago. Caminé despacio por los pasillos largos y blancos, sosteniendo el regalo como si fuera frágil. Frente a la puerta 307 dudé. Respiré hondo y toqué.
—Adelante —respondió una voz baja.
La habitación estaba en penumbra. Una joven descansaba en la cama, con el bebé dormido sobre su pecho. Al verme, frunció ligeramente el ceño, desconfiada.
—Perdón… soy esposa de un médico del hospital —dije—. Solo quería traerle esto.
Le extendí la caja. Ella la tomó con manos temblorosas. Me miró directo a los ojos, como si intentara reconocerme de algún lugar.
—Gracias —susurró.
Abrió la caja.
El cambio fue inmediato.
Su respiración se cortó. Sus hombros comenzaron a sacudirse. Abrazó al bebé con fuerza y rompió en un llanto contenido, de esos que no hacen ruido pero desgarran por dentro.
—¿Está bien? —pregunté alarmada.
Ella negó con la cabeza. Las lágrimas caían sin control.
—Por favor… —dijo con dificultad—. ¿Puede llamar al doctor Miguel?
Sentí que el suelo se hundía bajo mis pies.
—¿Miguel… Hernández? —pregunté, aun esperando estar equivocada.
Ella asintió.
Las enfermeras intercambiaron miradas tensas. Una de ellas salió de inmediato.
Me senté en una silla metálica del pasillo. El frío me atravesó la espalda. Coloqué una mano sobre mi vientre; mi bebé se movía, ajeno al caos que comenzaba a formarse.
Los minutos se estiraron. Cada sonido se volvió insoportable: el llanto de otros recién nacidos, el eco de pasos, el pitido constante de una máquina.
La puerta se abrió.
Miguel salió de la habitación. Su rostro estaba pálido. Sus ojos evitaron los míos.
No dijo nada.
No hizo falta.
—¿Es verdad? —pregunté en voz baja.
Miguel tragó saliva.
—Yo… puedo explicarlo.
—No —respondí—. Ya entendí.
El médico jefe apareció detrás.
—Necesitamos que entren —dijo con tono serio.
Dentro, el bebé estaba conectado a varios aparatos. El ambiente era tenso.
—El niño necesita una transfusión urgente —explicó el doctor—. El grupo sanguíneo es poco común.
Miguel negó con la cabeza.
—Yo no soy compatible.
La joven madre intentó incorporarse, pero una enfermera la detuvo.
—Ella no puede donar ahora —añadió el doctor—. Está muy débil.
Todos voltearon hacia mí.
—¿Usted… estaría dispuesta a hacerse la prueba?
Asentí sin pensar.
Minutos después, el resultado fue claro.
—Es compatible —confirmó el médico.
Miré al bebé. Tan pequeño. Tan indefenso.
—Lo haré —dije—. No por ustedes. Por él.
Miguel bajó la cabeza.
La transfusión fue un éxito.
Esa noche, mientras Guadalajara dormía, algo dentro de mí terminó de romperse… y algo nuevo comenzó a formarse.
Capítulo 2 – Las verdades que no se dicen
Miguel no volvió a casa esa noche.
Yo tampoco dormí.
El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando escuché la puerta. Entró despacio, como si temiera despertar a alguien, o a algo.
—Tenemos que hablar —dijo.
—No —respondí desde la cama—. Ya hablaste suficiente con tus actos.
Se sentó en el borde.
—No planeé que pasara así.
Solté una risa breve y amarga.
—Nunca lo hacen.
Hubo un silencio largo.
—Se llama Lucía —dijo al fin—. Llegó al hospital hace un año. Empezamos a hablar… y se salió de control.
—¿Y el niño?
—Se llama Mateo.
Pronunciar ese nombre me atravesó.
—¿La amas?
Miguel no respondió de inmediato.
—No como te amé a ti —dijo finalmente.
—Eso no es una respuesta.
Los días siguientes fueron una negociación silenciosa. Él intentó quedarse. Yo puse límites. Hablamos del bebé, del futuro, de responsabilidades.
Lucía me buscó una tarde.
—No vine a pedirte nada —dijo—. Solo… perdón.
La miré. Era joven, asustada, humana.
—Cuida a tu hijo —le respondí—. Eso basta.
Tomé una decisión.
Me iría.
No por huir. Por empezar de nuevo.
Capítulo 3 – Lo que permanece
Años después, Oaxaca me recibió con colores intensos y calles llenas de vida. Mi hijo corría delante de mí en la plaza, riendo.
—¡Mamá, mira!
Un niño pasó cerca, jugando con un alebrije de tela gastado.
Nuestros ojos se cruzaron un segundo.
No supe si era Mateo.
Tal vez no importaba.
Me senté en una banca, respirando profundo.
Entendí entonces que algunas historias no terminan con perdón ni con rencor, sino con aceptación.
Elegí salvar una vida.
Elegí salvar la mía.
Y eso, supe al fin, también era amor.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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